Me lo quedo

No sé que tiene esta La Laguna mía que me hace querer escribirlo todo.

Pero sintiéndolo mucho, me voy a guardar todo lo importante, al menos un par de semanas y ya veré si luego me lo escribo por aquí, para que no se me olvide.

No estoy muy seguro, pero imagino que hará unos diez años que tengo ordenador y… ¡joder, como cambia el cuento, Caperucita! Ahora tengo Linux en vez de win98. Ahora no tengo que esperar minutos a que se abran los programas. Utilizo el WiFi de alguien que no conozco y me va mejor que la conexión de módem 56k que tenía antes, justo ahora, para motivarme escucho A Perfect Circle o Tool en vez de Guns N’ Roses. Tengo un portátil, con lo que los odiaba…

Pero hay cosas que no han cambiado un pelo. Llevo un pantalón del Barça y una camiseta vieja, sigo durmiendo en la buhardilla, a pesar de que a mi madre no le guste, hace frío en esta ciudad, sigo teniendo el mapamundi en la pared, el camino a casa me sigue pareciendo fascinante y me alimenta por dentro, como los bifidus…

Y hay un punto medio, no paro de cambiar. ¿Eso va en las cosas que cambian o en las que no? No voy a contar más, es como si me acabaran de dar un balonazo en el estómago y bastante tengo con tratar de coger aire. Me encantaría gritar bien alto, pero uno sabe que hay prioridades.

Estoy en mi casa, a veces viene bien respirar aire limpio y ver las cosas con perspectiva, pero sólo un momento, no podemos perder mucho más.

Galletas

¡Mierda! – Fue lo primero que exclamé cuando se me escurrieron las galletas y en mi mano sólo quedo el envoltorio blanco. Pensé para mis adentros que debía haber un sistema más inteligente para empaquetarlas, en el que no te quedes en la mano con un papel que no puedes volver a meter en su sitio. Por suerte, estaba cansado y no seguí dándole vueltas a lo del envase. Años más tarde, alguien se haría rico con una patente sobre envases de galletas, pero yo jamás lo sabría.

Incliné un poco el envase azul, unos toquecitos y hurgué con el dedo hasta sacar la primera. No era perfecta, esas cosas me molestarían si no tuviera tantísima hambre… ¿Para que coño está el protector de papel blanco, que dormía en un lado de la mesa, si mis galletas van a nacer magulladas? Terrible ironía del destino.

Arrastré la taza de leche, no era mi vaso de batman, creyéndome un camarero del lejano oeste. Miré la galleta, una mirada prolongada, de esas que sólo una galleta bien preparada puede mantener con firmeza. Los dos sabíamos cual iba a ser el final, pero no había prisa. Comprobé que el chocolate no se saliera por ninguna parte del círculo, contento con el resultado, la atrapé por el borde y la sumergí en la leche fría. No había signos de piedad en mi rostro.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Nueve… digo siete.

Apunto de desprenderse la saqué del líquido, no sé si respiraba aún, pero sin compasión me la llevé a la boca, procurando que no cayeran gotas sobre la mesa. Un suave apretón con la lengua hizo que toda la leche y los pedazos que peor suerte habían corrido se mezclaran en mi boca. Abrí la boca y… ñam. Ese mordisco fatal.

Me levanté de la silla, comprobé que no había testigos, me bebí el resto de la leche mientras trataba de deshacerme de los trocitos de galleta que se escondían entre mis dientes con intención de delatarme, metí la taza en el lavavajillas y me fuí a la cama con el resto de las galletas.

La lucha en la cama fue feroz y duró toda la noche, pero esa historia será contada en otra ocasión. Sí, seguía hablando de galletas.