¡Aquí estoy!

El callejón tendría unos 3,5 metros de ancho y al menos 30 de largo, era complicado de decir, las montañas de desechos, orgánicos de muchos tipos, humano entre otros, se amontonaban contra las paredes haciendo que incluso para una persona tan cuidadosa como ella no le importara perder un poco de precisión analizando el lugar con tal de que no se le revolvieran las tripas.

Miró el reloj. Las 2:30 de la mañana.

– Mierda, nunca pasa nada bueno a partir de las 2:00.

Pero se contentó pensando que los refranes tienen sus contradicciones, como aquel famoso del que va por la calle, se encuentra una cartera y exclama “¡Al que madruga Dios le ayuda!”, a lo que otra persona que pasaba por ahí añade: “Más madrugó el que la perdió”.

Cerró las fosas nasales mentalmente y fue directamente a por el primero de la lista. Se encontraba meando contra una de esas paredes asquerosas, concretamente sobre una bolsa de basura mal cerrada. Parecía que le divertía el sonido.

No se preocupó del ruido, sino que con los pies de frente a su objetivo arqueó todo su cuerpo hacia atrás, por la derecha, y con un golpe seco de su codo en el cuello empezó lo que sería una noche muy especial.

Cinco minutos antes había oído hablar al grupo de amigos:
– “¿Nos vemos en el irlandés de siempre?”
– Claro, ¿por qué?
– Voy a mear, vete pidiéndome una pinta de Murphys.

El meón se dio la vuelta, tambaleándose y por un momento pareció que todo el plan se iba al traste, pero no, se limitó a poner una cara rara que podría entenderse como de sorpresa y cayó al suelo.

Lo recogió y lo cargó hasta un rincón algo más oscuro, y bastante más apestoso, como si fuera su amiga, mientras le registraba la ropa. Encontró su móvil y se deshizo del cuerpo, que al caer no hizo un ruido sordo, pero ella tampoco paró a mirar sobre que habría caído, ese ya no era su problema, tenía entre manos la herramienta perfecta para continuar.

Le costó un par de minutos descubrir el patrón de desbloqueo, sencillo, pero su cabeza cuadriculada había determinado que todos los patrones eran equiprobables, con lo que decidió ir probando según formas geométricas fáciles de recordar y de modificar.

Una vez que tuvo acceso al terminal, respiró profundamente, deseó con todas sus fuerzas que alguno de esos frikis a los que seguía hubiera activado el Google Latitude desde sus móviles y tocó la pantalla para ver hacía cuanto de las últimas actualizaciones.

¡Bingo!, dos de ellos lo habían hecho hacía muy poco tiempo. La localización no tenía por qué ser exacta, pero es más fácil encontrar un sólo irlandés en 200 metros a redonda, que en toda la ciudad.

Tardó tan sólo cinco minutos, se encontraba cerca y pese a no haber entrado nunca, conocía aquel pub de vista. Abrió la puerta, se acerco por detrás al grupo de amigos y a la vez que daba un puñetazo en la barra dijo:

– Que sea la última vez que me dejan fuera de un correo en cadena para salir un fin de semana.

————

Esto es de regalo, he puesto en el blog mi localización (arriba a la derecha, de momento), pero para que no me pase lo mismo, sólo comparto la ciudad en la que estoy, sin más detalle.

Atención: cualquier parecido con la realidad es simplemente eso, parecido. El autor no se hace responsable de que a él se le pueda pasar alguna vez añadir a alguien en un correo en cadena.

Extra lap: Cuando digo el primero de la lista, no se trata de una lista tipo Kill Bill, sino el primero de la lista de los correos, el que lo envió olvidándose de ella.

2 thoughts on “¡Aquí estoy!”

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *