Escena I (El fin del principio)

Primera parte de las escenas.

Precede a la Escena IV (Desesperado)


Krangsten, el Dios del orden y la fuerza, el último que aún velaba por nuestro mundo, buscó durante siglos la espada que estaba destinada a terminar con el progreso y la libertad de los humanos. La Gran Espada de las Tinieblas, la que los servidores de los demonios habían llamado Darkness, ya que creían firmemente que ésta sería el arma más poderosa, con capacidad para hundir la Tierra en el lodo de la noche.

Al encontrarla se dirigió hacia las puertas del infierno, convencido de que con su destrucción todo el peligro quedaría aniquilado. Se equivocó. Los peores magos demoníacos habían conjurado que si la espada era destruida, su portador moriría para siempre, no podría reencarnase de nuevo y sus hechos serían olvidados por todas las criaturas que alguna vez hubiesen oído hablar de él.

Afortunadamente aquellos que sacrificaron su vida para controlar lo que pasaba en el infierno pudieron contrarrestar ligeramente el hechizo. Mientras el portador abandonaba la vida por siempre, un nuevo ser nacería, desconociendo su futuro lleno de miserias, pero plagado de esperanza. Sobre ella quedaba la responsabilidad de suplir a todos los dioses que nos habían abandonado, para ello sería dotada de una fuerza descomunal a la vez que de una destreza con la espada que ningún otro humano llegó a ver jamás en ninguna otra mujer ni hombre, sólo comparable con su inteligencia, si bien es cierto que ésta no era producto del hechizo, sino de los avatares de la vida.

Por tanto en el momento en el que Krangsten rompía la espada contra las puertas del infierno su tez palideció, sus músculos, hasta entonces demoledores, se aflojaron, miles de pequeñas chispas azules empezaron a girar en torno a él, como tratando de morderle, sabiendo que ya no era peligroso. Tomó una última bocanada de aire y murió. Nadie pudo ver su rostro de agonía, pero no importaba porque nadie podría recordarlo jamás.

Justo en ese instante, en un bosque lejano nacía una criatura, su madre moría en el acto, aunque por fortuna un hombre de los bosques que pasaba por allí la pudo recoger. La crió con todo su cariño y esmero pero en una inmensa pobreza. Tuvo que desarrollar todos sus instintos para sobrevivir entre las bestias, ajena a la oscuridad creciente del mundo, a la existencia de un destino forjado para ella, tan inocente era que llegó a poner múltiples veces su vida y la de todos los demás en peligro peleando contra fieras, simplemente por entretenimiento.

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