Una de zombies

La música es la que sonaba mientras corría y se me ocurría la idea, la letra es un tanto despreciable, pero es lo que hay, a lo mejor describe la sensación de estar agobiado en la calle.

Sábado, 04:47, entre la Calle de las Huertas y la Calle de Jesús, a apenas 100 pasos de la comisaría de policía más cercana.

Realmente no recuerdo que hacía a esa hora de camino a casa, los bares por Huertas cierran a las 3:30, y si venía de más lejos no tenía sentido regresar a casa por la calle Jesús, porque mi casa está antes. En cualquier caso, la sangre y los dientes rotos esparcidos por la acera demuestran que la acción ocurrió allí y no en otro lado.

Por supuesto hacía frío ya, estábamos terminando el mes de Octubre, y en Madrid lo normal es salir con chaqueta. Digo lo normal porque yo no suelo hacerlo. Me gusta el frío y no veo sentido a cargar ropa que te vas a quitar en un local con el riesgo de que te la roben. Supongo que esa chaqueta gorda, el por qué la llevaba es otra incógnita de la noche, me salvo de, al menos, un par de buenos golpes y arañazos.

Estoy acostumbrado a ver a yonkis pinchándose en mi portal al salir a correr, así que cuando alguien me palpó por la espalda fue en eso en lo que pensé, un yonki que no puede dormir, y no andaba yo muy desencaminado, esa tía no podía dormir, ni lo haría en mucho tiempo. En la vida real uno no piensa que se pueda encontrar con un zombie en mitad de la calle, no es culpa mía que me pillara por sorpresa.

Lo primero que hice al notar que me tocaba fue saltar a un lado, eso no hizo que esquivara un puñetazo en la cara, pero quizá hizo que no me lo comiera del todo. Nunca me he peleado con nadie desde que soy adulto, así que me llevó un buen rato reaccionar mientras aquella cosa me golpeaba en el pecho y en la cara. Cuando me di cuenta de lo frías que estaban sus manos al tocarme la cara me dio muy mal rollo, pero seguía siendo una pieza del puzzle que mi subconsciente se negaba a resolver.

Ya un poco más espabilado, me fui moviendo para que no me tocara, me daba asco. Fue entonces cuando la luz de una farola la iluminó. Entonces lo vi claro, esa tía estaba muerta. No había sangre en su rostro ni en su ropa. No al menos sangre roja. En la cara tenía zonas negruzcas y deformes que deduje que sería carne podrida. El pelo era normal y su ropa… no recuerdo como era su ropa.

Me sorprendió cual fue mi manera de actuar una vez que me di cuenta de dónde estaba metido. “Patada en los huevos y salimos corriendo”. Ahora me río, porque aquella cosa en vida fue una mujer, pero fue lo que pensé. Lancé mi 45 y medio contra su entrepierna, confiado en que dejaría atontado a mi oponente y me daría tiempo a llegar corriendo hasta el portal. Pues bien, no pareció inmutarse y no creo que fuera porque le pegara flojo por ser una chica.

Esa primera patada es de las que mejor recuerdo y aún me da repelús sólo pensar en como sonó. No me preguntes por qué pero el sonido que me puede parecer más cercano sería darle una patada a una piñata colgada del techo. Le das fuerte, pero se mueve y no se rompe. Mi pie, golpeó algo blando, hasta que llegó a algo más duro que debió romperse, porque al menos a mi me dolió como si le hubiera pegado una patada a un poste en mitad de la calle.

Cualquiera diría ahora que, incluso con el pie dolorido, hasta yo podría ganarle a zombie corriendo. Quizá. Sólo quizá. Este bicho apestoso no era como los de las pelis en ese sentido. No era lento. Cuando intentaba golpearme en la cara, movía los brazos bastante rápido, aunque luego el golpe no era muy fuerte, me imagino que algunas articulaciones estarían más podridas que otras y que a veces un hombro o un codo no podían resistir la inercia del brazo y simplemente, se doblaban para dónde no debían. Tampoco se desplazaba lentamente, parecía que iba a perder el equilibrio de un momento a otro, pero nunca lo hacía.

Ahora sólo quedaba tirar de los clásicos del buen cine de zombies. Atacar el cerebro. Procuré subir la guardia como si Clint Eastwood hablara conmigo en Million Dollar Baby y cada vez que aquello bajaba los brazos después de fallar un golpe, le daba un puñetazo con todas mis fuerzas en la cara. Era como golpear carne picada, muchísima, de manera que no llegabas nunca a algo duro, se amoldaba. Saltaron dientes, pero esta vez no hubo ningún sonido extraño, imagino que si tenía la boca igual de podrida que la cara, no estarían muy bien fijados.

Después de unos cuantos golpes me di cuenta de que nunca he sabido pegar con los puños. Soy alto y supongo que eso ha hecho que nunca necesitara pegarme para nada, así que me pasó lo que le pasaría a cualquier novato, me despellejé los nudillos. Quién te diga que con la euforia no notas el dolor no sabe de lo que habla, el dolor duele, otra cosa es que sepas que te tienes que joder y te concentres en otra cosa y eso fue lo que hice, decidí pensar y claro, sólo había una solución, golpear la cabeza en lugar de la cara.

¡Ahora sí! Ahora si que había algo detrás del montón de carne picada. ¿Una tabla? ¿Una encimera silestone? No lo sé, pero notaba que mis golpes y mi dolor de nudillos no eran en vano. A partir del tercer o cuarto derechazo el cráneo empezó a crujir, supongo que es imposible partirle el cráneo a puñetazos a alguien, así como es imposible que existan los zombies. No sé, pregúntale a quién hiciera la autopsia a ver si sus huesos se habían deteriorado, yo no entiendo de biología, lo mío son los ceros y los unos.

La cosa no duró mucho más, parece que los golpes fueron efectivos porque al rato cayó al suelo y me pude largar a casa, eso es todo.

Después de mi explicación, me di cuenta de la cara de asombro de los policías que se sentaban al otro lado de la mesa. Sin mediar palabra pusieron la grabación de las cámaras de seguridad de la calle en las que se veía, sin lugar a dudas, como le daba una paliza de muerte a una chica borracha cuyo único delito había sido ir disfrazada el día de Halloween.

¡Feliz Halloween a todos!
Parece que Contando los latidos no será una intro sin histeria 🙂

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