Un día en las carreras

Esto lleva demasiado tiempo quemándome los dedos, pero como soy un cobarde, no lo escribo. Desde el día que vi World Record, uno de los Animatrix. Con forma concreta cuando empecé a contar los latidos.

Anteriormente:

Último entrenamiento, día antes de la carrera.

No habrá más series, no habrá más pesas, no habrá más nosotros, mañana es el día de la carrera y estamos terminando el entrenamiento.

Pongo las manos en el suelo, salida sin tacos. El tartan es rugoso y, aunque no es lo ideal para las carreras de velocidad sostenida, disfruto con los pequeños cuadraditos clavándose en mis dedos bajo mis 80 kilos de peso.

Salida explosiva y controlada, no hay que arriesgarse a ninguna tontería, frenamos levantando bien las rodillas y sin arrastrar los pies. Las series han sido cortas y las sensaciones son de poder llevar a cuestas a un carro con su mula si hiciera falta.

Me quito las asillas del body y me voy a estirar, tranquilo, hablando con los compañeros. Después en bici para casa, una ducha y algo de IRC.

Segunda cena y a la cama.

En la cama, noche antes.

No estoy nervioso pero repaso la carrera una y otra vez, son apenas 300 metros, lo suficiente para quedarte vacío si lo das todo demasiado pronto o para no tener opciones de disputar la carrera si te reservas demasiado. Adoro esta prueba: velocidad, resistencia, cabezonería y determinación. Adivina de cuales voy sobrado.

Hago la salida, llevo el paso del principio, cambio de ritmo y aprieto los dientes al final. Una y otra vez. Conozco el ritmo de mi cuerpo mejor que un músico el compás de sus partituras.

Mañana de la carrera.

Desayuno de todo, leche, jugo de naranjas, plátanos y galletas. Voy a tener ganas de vomitar al llegar, lo mismo me da que sea por el desayuno que por el esfuerzo.

Me visto, mallas cortas del equipo, chándal. Cómo me gusta este chándal. Si creyera en gilipolleces de supersticiones, tendrían que ver con el equipaje de mi equipo. Azul y blanco.

En la pista.

Llego, saludo, veo alguna prueba anterior y salgo a rodar unos minutos en chándal, cada pisada sobre el césped está medida, juego con mis tobillos, calentando los gemelos, a saltitos.

Estiro y dejo el chándal en la mochila, pero me pongo las mallas largas. Eso significa que aquí ya no pienso sino en mi y en  mi música.

Unas progresiones suaves y unos ejercicios dignos de cualquier cole a la hora de gimnasia. Pero eso es lo de menos, mi cuerpo está casi listo, lo único que queda es concentrarme, saber dónde estoy y cómo lo voy a hacer.

Unas progresiones más fuertes, pero cortas, mientras espero mi serie, la cuarta. A estas alturas ya me estoy meando encima, aunque acabe de salir del baño.

Sale la tercera serie y me voy a mi calle. Miro los tacos, pero yo salgo con el derecho delante, los quito. Cuento con palmos y dedos, giro la base un poco más para aprovechar la curva a mi manera. Las manos, otra vez, con marcas de cuadraditos, esto es territorio conocido.

Me quito las mallas largas. Aún no es medio día y corre algo de fresco, que noto en las piernas. Pruebo los tacos. Lleno los pulmones, suelto lo mínimo posible, aprieto los tacos y no me gusta la sensación. Nunca me ha gustado, ni con tacos altos ni con bajos, pero sigue estando en territorio conocido.

Salgo medio fuerte, con mucha frecuencia y a los diez pasos me dejo ir. Me planteo si habré calentado bien o si importará el calentamiento. Han dicho contra quienes corro en mi serie pero me da igual, voy por mi calle, en mi pista y en mi prueba. Pero sólo unos pocos lo sabemos.

La carrera.

Espero detrás de los tacos.

A sus puestos.

Unos pasos adelante, estiro las piernas hacia atrás, sin matar a quien pisa los tacos, me planto de rodillas en el suelo y espero a que los demás bajen las manos. Lo siento chicos, pero no voy a perder ni un poco de energía en aguantar mi peso más de lo necesario, aunque algún juez me haya dado alguna vez el listo sin tener las manos en el tartan.

Bajo las manos, bajo la cabeza, recuerdo estar atendiendo al dispara, puedes esperarlo y reaccionar o simplemente estar concentrado y reaccionar sin esperas. Yo no dudo, toda la agresividad se canaliza a despegar con el ruido de la pistola.

Listos.

Levanto el culo, estoy comprimido, con todo el peso sobre mis manos, pero esta vez no me preocupan los cuadrados. Si me movieran un centímetro más me caería de boca.

Pum.

Aprieto fuerte y salgo bien, el ritmo es bueno, voy pisando con el talón durante los 100 primero metros, así lo he decidido. Voy por fuera y la ventaja inicial que eso supone me da confianza, mi cuerpo sabe que este es el ritmo de las series, va controlado. Mi cabeza firme, la zancada corta y los pies al culo. Maldito seas Michael Johnson.

Llego a la curva, la adoro, aquí ganaré o ganaré la carrera. Le doy 20 metros antes de cambiar el ritmo, alargo la zancada, braceo y me adapto a correr con mi centro de gravedad a la izquierda de mis pies. A la altura del 150 ya voy al máximo de mi velocidad, no puedo correr más elegante.

Cara seria al comprobar que ya hay alguien a mi altura y aún me quedan 50 metros de ir por fuera. Oigo a Andrés, tan claro como el agua darme ánimos, aprieto los dientes y trato de mantener la velocidad lo máximo posible.

150m, 100m, 80m. Las piernas dicen basta. Es una sensación que se puede describir, pero no lo voy a hacer. Quien la haya disfrutado y padecido, que la recuerde. Si no has llevado tu cuerpo nunca al hasta el límite en el deporte, si no sabes lo que es sufrir un entrenamiento tras otro para volver a sufrir en la carrera, si no has sentido el sabor a sangre en la boca, las ganas de vomitar y que todo eso quede eclipsado por las ganas de ganar, no has hecho deporte.

Voy un par de metros por detrás y no es lo que quiero, aprieto más los puños, seguramente los únicos músculos que aún funcionan con normalidad en mi cuerpo, y me concentro en tirar mentalmente de los brazos, de las piernas, de doblarme un poco hacia delante, de no darme por vencido.

La meta se acerca, mantengo el ritmo como nunca lo había hecho y nunca lo volveré a hacer, gano la carrera. El dolor de dientes y las ganas de tirarme en el suelo son secundarias, tampoco oigo los aplausos. Medio oigo la marca por el megáfono. ¿En su día hubiera sido mínima para el campeonato de España al que nunca iría?

Después.

El periodista viene a entrevistarme, le digo que estoy contento, he hecho mi mejor marca y que es gracias a mi compañero, que iba por delante. Voy a buscarlo, con los cuádriceps que no saben ni qué es lo que quieren hacer. Le felicito.

Y ya ha acabado todo, me felicitan, me dan un trofeo, pero eso ya no es un reto. Recuerdo de nuevo las partes importantes de la carrera, le digo a Andrés como cambié de ritmo delante de él.

Sólo deseo hacerme mayor y correr el 400ml, individual y en el decathlon, por fin una prueba en la que soy mejor. Eso no va a ocurrir nunca, pero la manera de preparar, las ganas y el entusiasmo me valen para muchas otras cosas aún hoy.