Un día en las carreras

Esto lleva demasiado tiempo quemándome los dedos, pero como soy un cobarde, no lo escribo. Desde el día que vi World Record, uno de los Animatrix. Con forma concreta cuando empecé a contar los latidos.

Anteriormente:

Último entrenamiento, día antes de la carrera.

No habrá más series, no habrá más pesas, no habrá más nosotros, mañana es el día de la carrera y estamos terminando el entrenamiento.

Pongo las manos en el suelo, salida sin tacos. El tartan es rugoso y, aunque no es lo ideal para las carreras de velocidad sostenida, disfruto con los pequeños cuadraditos clavándose en mis dedos bajo mis 80 kilos de peso.

Salida explosiva y controlada, no hay que arriesgarse a ninguna tontería, frenamos levantando bien las rodillas y sin arrastrar los pies. Las series han sido cortas y las sensaciones son de poder llevar a cuestas a un carro con su mula si hiciera falta.

Me quito las asillas del body y me voy a estirar, tranquilo, hablando con los compañeros. Después en bici para casa, una ducha y algo de IRC.

Segunda cena y a la cama.

En la cama, noche antes.

No estoy nervioso pero repaso la carrera una y otra vez, son apenas 300 metros, lo suficiente para quedarte vacío si lo das todo demasiado pronto o para no tener opciones de disputar la carrera si te reservas demasiado. Adoro esta prueba: velocidad, resistencia, cabezonería y determinación. Adivina de cuales voy sobrado.

Hago la salida, llevo el paso del principio, cambio de ritmo y aprieto los dientes al final. Una y otra vez. Conozco el ritmo de mi cuerpo mejor que un músico el compás de sus partituras.

Mañana de la carrera.

Desayuno de todo, leche, jugo de naranjas, plátanos y galletas. Voy a tener ganas de vomitar al llegar, lo mismo me da que sea por el desayuno que por el esfuerzo.

Me visto, mallas cortas del equipo, chándal. Cómo me gusta este chándal. Si creyera en gilipolleces de supersticiones, tendrían que ver con el equipaje de mi equipo. Azul y blanco.

En la pista.

Llego, saludo, veo alguna prueba anterior y salgo a rodar unos minutos en chándal, cada pisada sobre el césped está medida, juego con mis tobillos, calentando los gemelos, a saltitos.

Estiro y dejo el chándal en la mochila, pero me pongo las mallas largas. Eso significa que aquí ya no pienso sino en mi y en  mi música.

Unas progresiones suaves y unos ejercicios dignos de cualquier cole a la hora de gimnasia. Pero eso es lo de menos, mi cuerpo está casi listo, lo único que queda es concentrarme, saber dónde estoy y cómo lo voy a hacer.

Unas progresiones más fuertes, pero cortas, mientras espero mi serie, la cuarta. A estas alturas ya me estoy meando encima, aunque acabe de salir del baño.

Sale la tercera serie y me voy a mi calle. Miro los tacos, pero yo salgo con el derecho delante, los quito. Cuento con palmos y dedos, giro la base un poco más para aprovechar la curva a mi manera. Las manos, otra vez, con marcas de cuadraditos, esto es territorio conocido.

Me quito las mallas largas. Aún no es medio día y corre algo de fresco, que noto en las piernas. Pruebo los tacos. Lleno los pulmones, suelto lo mínimo posible, aprieto los tacos y no me gusta la sensación. Nunca me ha gustado, ni con tacos altos ni con bajos, pero sigue estando en territorio conocido.

Salgo medio fuerte, con mucha frecuencia y a los diez pasos me dejo ir. Me planteo si habré calentado bien o si importará el calentamiento. Han dicho contra quienes corro en mi serie pero me da igual, voy por mi calle, en mi pista y en mi prueba. Pero sólo unos pocos lo sabemos.

La carrera.

Espero detrás de los tacos.

A sus puestos.

Unos pasos adelante, estiro las piernas hacia atrás, sin matar a quien pisa los tacos, me planto de rodillas en el suelo y espero a que los demás bajen las manos. Lo siento chicos, pero no voy a perder ni un poco de energía en aguantar mi peso más de lo necesario, aunque algún juez me haya dado alguna vez el listo sin tener las manos en el tartan.

Bajo las manos, bajo la cabeza, recuerdo estar atendiendo al dispara, puedes esperarlo y reaccionar o simplemente estar concentrado y reaccionar sin esperas. Yo no dudo, toda la agresividad se canaliza a despegar con el ruido de la pistola.

Listos.

Levanto el culo, estoy comprimido, con todo el peso sobre mis manos, pero esta vez no me preocupan los cuadrados. Si me movieran un centímetro más me caería de boca.

Pum.

Aprieto fuerte y salgo bien, el ritmo es bueno, voy pisando con el talón durante los 100 primero metros, así lo he decidido. Voy por fuera y la ventaja inicial que eso supone me da confianza, mi cuerpo sabe que este es el ritmo de las series, va controlado. Mi cabeza firme, la zancada corta y los pies al culo. Maldito seas Michael Johnson.

Llego a la curva, la adoro, aquí ganaré o ganaré la carrera. Le doy 20 metros antes de cambiar el ritmo, alargo la zancada, braceo y me adapto a correr con mi centro de gravedad a la izquierda de mis pies. A la altura del 150 ya voy al máximo de mi velocidad, no puedo correr más elegante.

Cara seria al comprobar que ya hay alguien a mi altura y aún me quedan 50 metros de ir por fuera. Oigo a Andrés, tan claro como el agua darme ánimos, aprieto los dientes y trato de mantener la velocidad lo máximo posible.

150m, 100m, 80m. Las piernas dicen basta. Es una sensación que se puede describir, pero no lo voy a hacer. Quien la haya disfrutado y padecido, que la recuerde. Si no has llevado tu cuerpo nunca al hasta el límite en el deporte, si no sabes lo que es sufrir un entrenamiento tras otro para volver a sufrir en la carrera, si no has sentido el sabor a sangre en la boca, las ganas de vomitar y que todo eso quede eclipsado por las ganas de ganar, no has hecho deporte.

Voy un par de metros por detrás y no es lo que quiero, aprieto más los puños, seguramente los únicos músculos que aún funcionan con normalidad en mi cuerpo, y me concentro en tirar mentalmente de los brazos, de las piernas, de doblarme un poco hacia delante, de no darme por vencido.

La meta se acerca, mantengo el ritmo como nunca lo había hecho y nunca lo volveré a hacer, gano la carrera. El dolor de dientes y las ganas de tirarme en el suelo son secundarias, tampoco oigo los aplausos. Medio oigo la marca por el megáfono. ¿En su día hubiera sido mínima para el campeonato de España al que nunca iría?

Después.

El periodista viene a entrevistarme, le digo que estoy contento, he hecho mi mejor marca y que es gracias a mi compañero, que iba por delante. Voy a buscarlo, con los cuádriceps que no saben ni qué es lo que quieren hacer. Le felicito.

Y ya ha acabado todo, me felicitan, me dan un trofeo, pero eso ya no es un reto. Recuerdo de nuevo las partes importantes de la carrera, le digo a Andrés como cambié de ritmo delante de él.

Sólo deseo hacerme mayor y correr el 400ml, individual y en el decathlon, por fin una prueba en la que soy mejor. Eso no va a ocurrir nunca, pero la manera de preparar, las ganas y el entusiasmo me valen para muchas otras cosas aún hoy.

Una de zombies

La música es la que sonaba mientras corría y se me ocurría la idea, la letra es un tanto despreciable, pero es lo que hay, a lo mejor describe la sensación de estar agobiado en la calle.

Sábado, 04:47, entre la Calle de las Huertas y la Calle de Jesús, a apenas 100 pasos de la comisaría de policía más cercana.

Realmente no recuerdo que hacía a esa hora de camino a casa, los bares por Huertas cierran a las 3:30, y si venía de más lejos no tenía sentido regresar a casa por la calle Jesús, porque mi casa está antes. En cualquier caso, la sangre y los dientes rotos esparcidos por la acera demuestran que la acción ocurrió allí y no en otro lado.

Por supuesto hacía frío ya, estábamos terminando el mes de Octubre, y en Madrid lo normal es salir con chaqueta. Digo lo normal porque yo no suelo hacerlo. Me gusta el frío y no veo sentido a cargar ropa que te vas a quitar en un local con el riesgo de que te la roben. Supongo que esa chaqueta gorda, el por qué la llevaba es otra incógnita de la noche, me salvo de, al menos, un par de buenos golpes y arañazos.

Estoy acostumbrado a ver a yonkis pinchándose en mi portal al salir a correr, así que cuando alguien me palpó por la espalda fue en eso en lo que pensé, un yonki que no puede dormir, y no andaba yo muy desencaminado, esa tía no podía dormir, ni lo haría en mucho tiempo. En la vida real uno no piensa que se pueda encontrar con un zombie en mitad de la calle, no es culpa mía que me pillara por sorpresa.

Lo primero que hice al notar que me tocaba fue saltar a un lado, eso no hizo que esquivara un puñetazo en la cara, pero quizá hizo que no me lo comiera del todo. Nunca me he peleado con nadie desde que soy adulto, así que me llevó un buen rato reaccionar mientras aquella cosa me golpeaba en el pecho y en la cara. Cuando me di cuenta de lo frías que estaban sus manos al tocarme la cara me dio muy mal rollo, pero seguía siendo una pieza del puzzle que mi subconsciente se negaba a resolver.

Ya un poco más espabilado, me fui moviendo para que no me tocara, me daba asco. Fue entonces cuando la luz de una farola la iluminó. Entonces lo vi claro, esa tía estaba muerta. No había sangre en su rostro ni en su ropa. No al menos sangre roja. En la cara tenía zonas negruzcas y deformes que deduje que sería carne podrida. El pelo era normal y su ropa… no recuerdo como era su ropa.

Me sorprendió cual fue mi manera de actuar una vez que me di cuenta de dónde estaba metido. “Patada en los huevos y salimos corriendo”. Ahora me río, porque aquella cosa en vida fue una mujer, pero fue lo que pensé. Lancé mi 45 y medio contra su entrepierna, confiado en que dejaría atontado a mi oponente y me daría tiempo a llegar corriendo hasta el portal. Pues bien, no pareció inmutarse y no creo que fuera porque le pegara flojo por ser una chica.

Esa primera patada es de las que mejor recuerdo y aún me da repelús sólo pensar en como sonó. No me preguntes por qué pero el sonido que me puede parecer más cercano sería darle una patada a una piñata colgada del techo. Le das fuerte, pero se mueve y no se rompe. Mi pie, golpeó algo blando, hasta que llegó a algo más duro que debió romperse, porque al menos a mi me dolió como si le hubiera pegado una patada a un poste en mitad de la calle.

Cualquiera diría ahora que, incluso con el pie dolorido, hasta yo podría ganarle a zombie corriendo. Quizá. Sólo quizá. Este bicho apestoso no era como los de las pelis en ese sentido. No era lento. Cuando intentaba golpearme en la cara, movía los brazos bastante rápido, aunque luego el golpe no era muy fuerte, me imagino que algunas articulaciones estarían más podridas que otras y que a veces un hombro o un codo no podían resistir la inercia del brazo y simplemente, se doblaban para dónde no debían. Tampoco se desplazaba lentamente, parecía que iba a perder el equilibrio de un momento a otro, pero nunca lo hacía.

Ahora sólo quedaba tirar de los clásicos del buen cine de zombies. Atacar el cerebro. Procuré subir la guardia como si Clint Eastwood hablara conmigo en Million Dollar Baby y cada vez que aquello bajaba los brazos después de fallar un golpe, le daba un puñetazo con todas mis fuerzas en la cara. Era como golpear carne picada, muchísima, de manera que no llegabas nunca a algo duro, se amoldaba. Saltaron dientes, pero esta vez no hubo ningún sonido extraño, imagino que si tenía la boca igual de podrida que la cara, no estarían muy bien fijados.

Después de unos cuantos golpes me di cuenta de que nunca he sabido pegar con los puños. Soy alto y supongo que eso ha hecho que nunca necesitara pegarme para nada, así que me pasó lo que le pasaría a cualquier novato, me despellejé los nudillos. Quién te diga que con la euforia no notas el dolor no sabe de lo que habla, el dolor duele, otra cosa es que sepas que te tienes que joder y te concentres en otra cosa y eso fue lo que hice, decidí pensar y claro, sólo había una solución, golpear la cabeza en lugar de la cara.

¡Ahora sí! Ahora si que había algo detrás del montón de carne picada. ¿Una tabla? ¿Una encimera silestone? No lo sé, pero notaba que mis golpes y mi dolor de nudillos no eran en vano. A partir del tercer o cuarto derechazo el cráneo empezó a crujir, supongo que es imposible partirle el cráneo a puñetazos a alguien, así como es imposible que existan los zombies. No sé, pregúntale a quién hiciera la autopsia a ver si sus huesos se habían deteriorado, yo no entiendo de biología, lo mío son los ceros y los unos.

La cosa no duró mucho más, parece que los golpes fueron efectivos porque al rato cayó al suelo y me pude largar a casa, eso es todo.

Después de mi explicación, me di cuenta de la cara de asombro de los policías que se sentaban al otro lado de la mesa. Sin mediar palabra pusieron la grabación de las cámaras de seguridad de la calle en las que se veía, sin lugar a dudas, como le daba una paliza de muerte a una chica borracha cuyo único delito había sido ir disfrazada el día de Halloween.

¡Feliz Halloween a todos!
Parece que Contando los latidos no será una intro sin histeria 🙂

Contando los latidos

(Espero que esto no se quede suelto y sea la introducción de alguna histeria, más adelante)

Hay una teoría que dice que nacemos con un número máximo de latidos. Si no forzamos el músculo ese que bombea la sangre, nos durará más.

En el documental dónde vi esta teoría, decían que le habían bajado el ritmo cardiaco a unos gusanos y vivían más tiempo. A costa de moverse más lentamente, por ejemplo. Un sonado se había tomado muy en serio esta teoría y hacia deporte muy lentamente, comía muy poco y, en general, no hacía demasiados esfuerzos.

¿Qué sentido tiene andar contando tus latidos?

Después de una revisión le decían al tío que el corazón le duraría mil años, pero que tenía las articulaciones echas un asco y en general con la búsqueda de mantener un ritmo cardiaco muy bajo, había sacrificado otras partes importantes, como la ingesta de alimentos un poco más complicados de procesar (y por tanto de “gasto cardiaco” mayor), el deporte un poco más en serio…

Con todo esto quiero ir a parar a que lo que realmente importa es que disfrutes de tus latidos.

(Actualización, contínúa en Una de Zombies y en Un día en las carreras)

Escena I (El fin del principio)

Primera parte de las escenas.

Precede a la Escena IV (Desesperado)


Krangsten, el Dios del orden y la fuerza, el último que aún velaba por nuestro mundo, buscó durante siglos la espada que estaba destinada a terminar con el progreso y la libertad de los humanos. La Gran Espada de las Tinieblas, la que los servidores de los demonios habían llamado Darkness, ya que creían firmemente que ésta sería el arma más poderosa, con capacidad para hundir la Tierra en el lodo de la noche.

Al encontrarla se dirigió hacia las puertas del infierno, convencido de que con su destrucción todo el peligro quedaría aniquilado. Se equivocó. Los peores magos demoníacos habían conjurado que si la espada era destruida, su portador moriría para siempre, no podría reencarnase de nuevo y sus hechos serían olvidados por todas las criaturas que alguna vez hubiesen oído hablar de él.

Afortunadamente aquellos que sacrificaron su vida para controlar lo que pasaba en el infierno pudieron contrarrestar ligeramente el hechizo. Mientras el portador abandonaba la vida por siempre, un nuevo ser nacería, desconociendo su futuro lleno de miserias, pero plagado de esperanza. Sobre ella quedaba la responsabilidad de suplir a todos los dioses que nos habían abandonado, para ello sería dotada de una fuerza descomunal a la vez que de una destreza con la espada que ningún otro humano llegó a ver jamás en ninguna otra mujer ni hombre, sólo comparable con su inteligencia, si bien es cierto que ésta no era producto del hechizo, sino de los avatares de la vida.

Por tanto en el momento en el que Krangsten rompía la espada contra las puertas del infierno su tez palideció, sus músculos, hasta entonces demoledores, se aflojaron, miles de pequeñas chispas azules empezaron a girar en torno a él, como tratando de morderle, sabiendo que ya no era peligroso. Tomó una última bocanada de aire y murió. Nadie pudo ver su rostro de agonía, pero no importaba porque nadie podría recordarlo jamás.

Justo en ese instante, en un bosque lejano nacía una criatura, su madre moría en el acto, aunque por fortuna un hombre de los bosques que pasaba por allí la pudo recoger. La crió con todo su cariño y esmero pero en una inmensa pobreza. Tuvo que desarrollar todos sus instintos para sobrevivir entre las bestias, ajena a la oscuridad creciente del mundo, a la existencia de un destino forjado para ella, tan inocente era que llegó a poner múltiples veces su vida y la de todos los demás en peligro peleando contra fieras, simplemente por entretenimiento.

Escena IV (Desesperado)

En mi afán por escribir algo largo me aburro y rescato un intento que tuve después de la histeria. Iban a ser cinco escenas, de las cuales sólo escribí tres o cuatro y conservo sólo dos, que al fin y al cabo son las que quedaron mejor.

Esto lo escribí hace casi diez años (antes de venir a Madrid), así que no vale aplicar ningún tipo de análisis psicológico, porque está desfasado. En cuanto pueda, añadiré a la entrada el dibujo que hizo un crack para ilustrarlo.

Sucede tras Escena I (El Fin del Principio)


Unos seres que parecían ángeles se me acercaron, quizás era mi hora. La acepté con resignación y me acerqué a ellos, que hablaban de espaldas a mi, en susurros.

Cuando estaba a un paso el más alto de los seis se giró, con sus ojos inyectados en fuego, su aliento a muerte, sus facciones huesudas y caí de nuevo.

Aquellos despojos de algo que fue humano comenzaron a girar en torno a mí, gritando. Traté de ignorarles pero ellos seguían gritando, comencé a sudar, el sudor ardía, me abrasaba la piel, no podía seguir soportando esos alaridos, la respiración se aceleraba, les grité que se callaran, les escupí la sangre de mi corazón al hacerlo, pero no les importó, se divertían conmigo.

Reuní mis fuerzas recién salidas del horno de la locura y el odio, que fueron más que suficientes para salir corriendo de aquel maldito lugar. Sería más acertado decir que eso fue lo que mi alma hacía, porque cuando mi cuerpo intentó huir, las criaturas que me habían alcanzado, con sus uñas ennegrecidas de sangre muerta tomaron mi cuerpo, desgarrándole la piel por donde lo tocaban, todo entre risas y chillidos, que corrompan mi alma aún cercana, pero libre al fin, libre de un cuerpo del que ya no quedaban sino huesos, había sido devorado.

Este es el relato de mi entrada en el mundo de las tinieblas, del que he podido salir. En este lugar inmaterial mis sueños se pulverizaron, mis pesadillas fueron mi prisión, sin ventanas, sin escapatoria, de la que sólo la Diosa Fortuna pudo liberarme.

¡Aquí estoy!

El callejón tendría unos 3,5 metros de ancho y al menos 30 de largo, era complicado de decir, las montañas de desechos, orgánicos de muchos tipos, humano entre otros, se amontonaban contra las paredes haciendo que incluso para una persona tan cuidadosa como ella no le importara perder un poco de precisión analizando el lugar con tal de que no se le revolvieran las tripas.

Miró el reloj. Las 2:30 de la mañana.

– Mierda, nunca pasa nada bueno a partir de las 2:00.

Pero se contentó pensando que los refranes tienen sus contradicciones, como aquel famoso del que va por la calle, se encuentra una cartera y exclama “¡Al que madruga Dios le ayuda!”, a lo que otra persona que pasaba por ahí añade: “Más madrugó el que la perdió”.

Cerró las fosas nasales mentalmente y fue directamente a por el primero de la lista. Se encontraba meando contra una de esas paredes asquerosas, concretamente sobre una bolsa de basura mal cerrada. Parecía que le divertía el sonido.

No se preocupó del ruido, sino que con los pies de frente a su objetivo arqueó todo su cuerpo hacia atrás, por la derecha, y con un golpe seco de su codo en el cuello empezó lo que sería una noche muy especial.

Cinco minutos antes había oído hablar al grupo de amigos:
– “¿Nos vemos en el irlandés de siempre?”
– Claro, ¿por qué?
– Voy a mear, vete pidiéndome una pinta de Murphys.

El meón se dio la vuelta, tambaleándose y por un momento pareció que todo el plan se iba al traste, pero no, se limitó a poner una cara rara que podría entenderse como de sorpresa y cayó al suelo.

Lo recogió y lo cargó hasta un rincón algo más oscuro, y bastante más apestoso, como si fuera su amiga, mientras le registraba la ropa. Encontró su móvil y se deshizo del cuerpo, que al caer no hizo un ruido sordo, pero ella tampoco paró a mirar sobre que habría caído, ese ya no era su problema, tenía entre manos la herramienta perfecta para continuar.

Le costó un par de minutos descubrir el patrón de desbloqueo, sencillo, pero su cabeza cuadriculada había determinado que todos los patrones eran equiprobables, con lo que decidió ir probando según formas geométricas fáciles de recordar y de modificar.

Una vez que tuvo acceso al terminal, respiró profundamente, deseó con todas sus fuerzas que alguno de esos frikis a los que seguía hubiera activado el Google Latitude desde sus móviles y tocó la pantalla para ver hacía cuanto de las últimas actualizaciones.

¡Bingo!, dos de ellos lo habían hecho hacía muy poco tiempo. La localización no tenía por qué ser exacta, pero es más fácil encontrar un sólo irlandés en 200 metros a redonda, que en toda la ciudad.

Tardó tan sólo cinco minutos, se encontraba cerca y pese a no haber entrado nunca, conocía aquel pub de vista. Abrió la puerta, se acerco por detrás al grupo de amigos y a la vez que daba un puñetazo en la barra dijo:

– Que sea la última vez que me dejan fuera de un correo en cadena para salir un fin de semana.

————

Esto es de regalo, he puesto en el blog mi localización (arriba a la derecha, de momento), pero para que no me pase lo mismo, sólo comparto la ciudad en la que estoy, sin más detalle.

Atención: cualquier parecido con la realidad es simplemente eso, parecido. El autor no se hace responsable de que a él se le pueda pasar alguna vez añadir a alguien en un correo en cadena.

Extra lap: Cuando digo el primero de la lista, no se trata de una lista tipo Kill Bill, sino el primero de la lista de los correos, el que lo envió olvidándose de ella.

Un loco de dientes sudorosos

Ayer pasaba por delante de la tele y vi que estaban poniendo El Club de los Poetas Muertos. Una peli con 20 años encima y que recuerdo de manera especial porque, al menos por un tiempo, fue la película favorita de mi hermana.

Me senté a verla un ratillo, la última vez que la había visto habría sido hace diez años o así. La escena que me cuadró tenía lugar en la clase. Por lo visto el profesor había mandado a sus alumnos a escribir algo de poesía. El bueno de Todd Anderson (Ethan Hawke) está nervioso porque no ha podido prepararse nada, parece un tío bastante vergonzoso. El profe le invita a subir a la tarima y a decir lo que se le ocurra sobre la foto de un escritor que hay sobre la pizarra (no sé quien era) y en un alarde de genialidad, el bueno de Todd lo describe como:

Un loco de dientes sudorosos

Sentado en el sillón, dije la frase unos cuantos segundos antes de que viniera a cuento y me sorprendió muchísimo acordarme de esa frase. Pero creo que he encontrado la razón de por qué la recuerdo.

Creo que esa frase y la manera de la que sale de la boca de Todd se corresponde con mi manera de escribir. Me gusta adjetivar. Me gustan los adjetivos que acaparan la atención y dejan al sustantivo en la sombra, quitándole el protagonismo. Me encanta cerrar los ojos y dejar que las manos escriban lo que se me pasa por la cabeza, no importa que no sea bueno, sólo importa que sea muy mío.

Para mi es alucinante.

Estos días he estado reflexionando un poco sobre mi manera de escribir y sobre lo que escribo. Ha sido muy extraño y estoy pensando (pensar significa estar atento a ver si algo me suguiere una idea) en que me apetece escribir alguna historia “larga”. Por larga se entiendo algo como Una histeria muy personal. Quizá sea el momento y quizá sea el lugar. Mira por dónde, a lo mejor ya tengo el título.

Si me quieres matar, avisa

Era temprano, aún había luz suficiente para que los testigos se contaran por docenas, así que decidí subirme al coche, no sin cierto temor, pero seguro de que todo terminaría bien.

Poco a poco (muy poco a poco) nos acercábamos al destino y nada hacía presagiar que mi miedo estuviera fundado, así que sin darme cuenta me fui relajando y cuando menos lo esperaba me encontré esos ojos amenazantes que me miraban sin dejar lugar a dudas. Querías matarme.

A los dos segundos nos encontrábamos golpeando otro coche que nada tenía que ver con nuestras peleas. Yo decía que parases con una sonrisa, la sonrisa del que sabe que su futuro no lo decide uno mismo, que está en manos (en este caso manos y pies) de otra persona.

Afortunadamente todo se quedó en una amenaza. La próxima vez, si me quieres matar, por favor, avísame.

Reloj de arena

Hay gente que se molesta porque el tiempo pasa, las flores se marchitan, nada dura para siempre y los corazones cambian. Pero si no fuera porque el tiempo se nos escapa de las manos no podríamos vivir y disfrutar, por lo que recomiendo a todo el mundo estar un rato, apenas un instante, con la boca cerrada y disfrutando del cosquilleo de la arena resbalando entre los dedos.

Escrito a la vuelta de un Leganés – Alcorcón – Madrid.

El infierno está en el número 6

La música la pone Moais, que por fin han sacado su EP. Por supuesto, como son gente del siglo XXI, han decidido que lo podamos disfrutar todos y lo podamos descargar: Moais – Tras las esquinas del círculo.

=http://arpia49.dontexist.com/wp-content/uploads/2009/03/04-antes-de-poder-salir.mp3,Moais

El infierno no está tan caliente como dicen, lo que pasa es que la gente entra acojonada y empiezan a susurrarse unos a otros ¡Qué calor hace! y claro, cuando un par de miles de millones de almas en pena se ponen a decir que hace calor, ya puedes estar en mitad del espacio (o unos metros más allá, no me voy a poner quisquilloso) que realmente vas a notar el calor, aunque sólo sea por los litros (he hecho los cálculos) de saliva que habrá flotando en el ambiente.

Quitando lo de la saliva, ya digo que no es un sitio tan malo. Cuesta encontrar una parcela libre, sí, pero no tardas demasiado en darte cuenta de que nadie tiene su asentamiento fijo y que dormir de pie no es tan desagradable. ¡Tienes toda la eternidad para encontrar un piso!

El día a día… es tedioso, no se puede negar. Tu ración de besos envenenados, de palabras necias, de falsas esperanzas, comentarios por la espalda, decepciones… al final uno se hace a todo. No es que te de igual, pero casi. Lo bueno es cuando llega alguien nuevo. Es de los momentos en los que realmente disfrutas. Te haces su amigo, tratas de acercarte y cuando ya cree que eres su único confidente… ¡zas! ración de besos envenenados, de palabras necias, de falsas esperanzas, comentarios por la espalda, decepciones…

Al principio tengo que reconocer que me parecía mal, pero una vez que te lo tomas como un juego… la culpabilidad no te oprime debajo del pecho. O dónde debería ir el pecho, porque otra cosa que la gente confunde es porqué a veces aparecemos como fantasmas. No se trata de que se nos haya derretido el cuerpo, ni de que de tanto trabajar nos hayamos quedado en los huesos, que va. El problema son los latigazos de los jueves. 666 latigazos a la semana, 52 semanas al año, durante “toda la vida”, puedes hacer que cada latigazo sólo te despedace un poquito, que con el tiempo lo pierdes todo. Tampoco es para tanto. Una vez que no tienes cuerpo, no te tienes que preocupar por buscarte un hueco dónde dormir, además, ¡es más fácil asustar a los novatos!

Lo que peor llevo sin lugar a dudas es la ausencia de un líder carismático que nos guíe. Satan… su momento pasó. Primero dejamos de temerle a Él, luego a Dios. Imagina la de tiempo que hace de eso ya. Hace bien en no aparecer en público, sería como ver a Induraín descolgándose del pelotón otra vez.

Hitler… Nadie sabe como arriba tuvo tanto éxito. El tío es feo y los malos con bigotes ya no nos asustan. Sin mano que levantar, no es nadie.

Anakin Skywalker… desde que decidió volverse bueno otra vez… la gente le señala con el dedo. Además, como todos los jedis, al morir dejan la ropa en ‘el plano mortal’ y francamente… llegar desnudo es una cosa, pero… aquí la excusa del frío no nos vale.

Al que espero con ganas es al T-800, ese sí que tiene un desnudo imponente y no Darek. Pero bueno, parece que aún le queda un tiempo en la Tierra tocando las narices con el papel que Skynet le ha dado.

Algún día contaré como logré salir de allí y lo mucho que me arrepiento… en el cielo hace tanto calor…