Colgado de esos ojos

Ahí estábamos, la realidad y yo, enemigos traicioneros y ávidos de venganza. Cara a cara, como no pocas veces en el pasado, con la única diferencia de que esta vez ambos queríamos terminar nuestra relación para siempre.

Estiré mi brazo izquierdo, la palma de la mano a hacia afuera, con los dedos en tensión. Pasé el codo por encima de aquel atajo de cables que me reunían con la realidad. Una vez que dejé el codo a la izquierda, seguí girando el brazo, con mucha fuerza, por debajo de los cables, terminando de empujarlos con el antebrazo y aplastándolos con la mano hacia abajo.

Los cables eran elásticos, pero eran muchos, no en vano mi unión con la realidad había sido, hasta ahora, muy estrecha por momentos, más relajada otros. Eran de un color blanco sucio y no blanco brillante como mucha gente había declarado antes.

Me hubiera resultado mucho más fácil agarrar aquello con el brazo derecho, pero a la hora de cortar… lo hubiera pagado, ya que era complicado. El primer golpe fue el más fácil de dar, de arriba a abajo, con mucha rabia y me llevé por delante bastantes nexos con la realidad. A medida que iba cortando, la rabia se apoderaba de mi, más que dar tajos trataba de apuñalar y… la eficacia se veía mermada. Pronto también mis fuerzas y mi lucidez.

Al final, con mucho esfuerzo y relativo desvarío me encontré con un solo cable. Tensé el brazo, magullado por la tensión sufrida, eché la espalda hacía detrás, con los talones bien clavados al suelo, haciendo palanca con todo mi cuerpo. Sabía qué cable era el que quedaba, eran unos ojos preciosos, brillantes y divertidos.

Tome el cuchillo como si me fuera a defender, con la hoja hacia abajo, disfruté del último recuerdo de esos ojos, cerré los míos y moví el brazo hacia arriba, rápido, tajante y… espero que certero.

Me sentí caer.

Seguía con los ojos cerrados, cayendo.

Por fin era libre de la realidad, abrí los ojos, dispuesto a disfrutar de la caída. Según comencé a ver, me paré en seco, con la espalda arqueada, como flotando. Ya no eran unos ojos lo que me tenía atado, era una forma de mirar.

Agradecido de que me fuera permitido llevarme ese recuerdo a mi nueva consciencia, sonreí, levité un tiempo más, disfrutando del regalo. Luego me puse en pie y salí a investigar que ocurría en el mundo que tanta veces había soñado desde fuera y por fin podía disfrutar desde dentro.

Galletas

¡Mierda! – Fue lo primero que exclamé cuando se me escurrieron las galletas y en mi mano sólo quedo el envoltorio blanco. Pensé para mis adentros que debía haber un sistema más inteligente para empaquetarlas, en el que no te quedes en la mano con un papel que no puedes volver a meter en su sitio. Por suerte, estaba cansado y no seguí dándole vueltas a lo del envase. Años más tarde, alguien se haría rico con una patente sobre envases de galletas, pero yo jamás lo sabría.

Incliné un poco el envase azul, unos toquecitos y hurgué con el dedo hasta sacar la primera. No era perfecta, esas cosas me molestarían si no tuviera tantísima hambre… ¿Para que coño está el protector de papel blanco, que dormía en un lado de la mesa, si mis galletas van a nacer magulladas? Terrible ironía del destino.

Arrastré la taza de leche, no era mi vaso de batman, creyéndome un camarero del lejano oeste. Miré la galleta, una mirada prolongada, de esas que sólo una galleta bien preparada puede mantener con firmeza. Los dos sabíamos cual iba a ser el final, pero no había prisa. Comprobé que el chocolate no se saliera por ninguna parte del círculo, contento con el resultado, la atrapé por el borde y la sumergí en la leche fría. No había signos de piedad en mi rostro.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Nueve… digo siete.

Apunto de desprenderse la saqué del líquido, no sé si respiraba aún, pero sin compasión me la llevé a la boca, procurando que no cayeran gotas sobre la mesa. Un suave apretón con la lengua hizo que toda la leche y los pedazos que peor suerte habían corrido se mezclaran en mi boca. Abrí la boca y… ñam. Ese mordisco fatal.

Me levanté de la silla, comprobé que no había testigos, me bebí el resto de la leche mientras trataba de deshacerme de los trocitos de galleta que se escondían entre mis dientes con intención de delatarme, metí la taza en el lavavajillas y me fuí a la cama con el resto de las galletas.

La lucha en la cama fue feroz y duró toda la noche, pero esa historia será contada en otra ocasión. Sí, seguía hablando de galletas.